← Blog de Guindo Design, Diseño Estratégico de Producto Digital
Pruebas de vida
Son las 7:00 de la mañana, apenas me ha dado tiempo de ponerle la correa al perro para dar nuestro paseo matutino diario, cuando recibo el mensaje de WhatsApp de rigor acompañado de su correspondiente ilustración o fotomontaje: “¡Buenos días!”.
Los que tengáis hijos/as en edad escolar, cuñados/as o grupos de ex-compañeros del colegio lo comprenderéis muy bien. Desde hace más de una década, es raro el día que no reciba el mensajito.
Al principio me eran muy molestos, cuando tu día a día está saturado de notificaciones de Slack y correos electrónicos, filtrar la señal del ruido es agotador. Pero con los años les he tomado cariño, adoro la estética kitch de estos mensajes, y que alguien se tome la molestia de hacerlo cada mañana tiene su mérito. Los ‘buenos días’ es pegamento social.
Aún sigo vivo
Hagamos ahora un pequeño viaje en el tiempo, imagínate que estás en 1970 y recibes un telegrama. Un telegrama era algo bastante solemne y solían reservarse para comunicar noticias importantes. Aunque algunas de estas noticias eran positivas (nacimientos, bodas…), el telegrama solía asociarse con malas noticias, incluido el anuncio de una muerte.
Lo abres con las manos temblorosas y lees que un amigo te ha enviado el siguiente mensaje: AÚN SIGO VIVO.
On Kawara fue un artista conceptual japonés que decidió desaparecer para dejar que el tiempo hablara por él. Afincado en Nueva York desde 1965 hasta su fallecimiento en 2014, envolvió su figura en una mística del silencio absoluto: no concedía entrevistas, no permitía que se le fotografiara y su biografía oficial consistía únicamente en el recuento exacto de los días que llevaba vivo. Sin embargo, esta ausencia pública se compensaba con una documentación obsesiva de actos rutinarios de su vida. A través de series de postales donde registraba la hora en la que se había despertado, sus encuentros, sus viajes o simplemente cuadros totalmente asépticos pintados a mano, indicando la fecha del día.

La serie «I Am Still Alive» de On Kawara consta de casi novecientos telegramas enviados a amigos y colegas, todos con esta misma declaración. Lo que en los años setenta surgió de la mano de Kawara como un acto poesía conceptual, una forma de reclamar la soberanía sobre su propia existencia ha mutado hoy en una necesidad social mediada por la tecnología. Porque si Kawara usaba el telegrama para afirmar su existencia por voluntad propia, en la China actual ha surgido una herramienta que te obliga a hacerlo por pura supervivencia.
¿Ya estás muerto?
Hace apenas unos días salto a las noticias la viralidad en China de una aplicación independiente denominada Si-le-ma (死了吗), literalmente traducible a «¿Ya estás muerto?“. Aunque se lanzó en mayo del año pasado sin mucho ruido, la atención en torno a ella se disparó en las últimas semanas, descargándose en masa sobre todo por jóvenes que viven solos en ciudades chinas. La app se lanzó recientemente a nivel intencional bajo la denominación de Demumu, un juego de palabras combinando las palabras muerte (Death) y el nombre del peluche “Labubu”.

La aplicación tiene una única función, un gran botón que pide a los usuarios ser pulsado una vez al día y, de modo que si no lo hacen durante dos días consecutivos, se envía automáticamente un correo electrónico a un contacto de emergencia designado, instándole a cerciorarse cómo está el usuario en persona.
Los desarrolladores del proyecto, todos de la generación Z, comentaron en unaentrevista para Wired que se fijaron en la jerarquía de las necesidades de Maslow para crear el proyecto:
“Vimos que las necesidades de seguridad son más profundas y se aplican a un grupo mucho más amplio de personas. Nos pareció una buena dirección”.
Profundizaron tanto en la Pirámide de Maslow que se fueron a la cripta.
Si-le-ma ha encontrado su nicho (perdón) en el aislamiento demográfico. En apenas diez años, el porcentaje de personas que viven solas en China ha pasado del 14.5% al 25.4%. Ante este panorama, las empresas han dejado de centrarse exclusivamente en los ancianos para dirigirse a una juventud cada vez más solitaria, transformando la necesidad de compañía en un nuevo y lucrativo sector de servicios digitales.
«Me preocupa que si me pasa algo, podría morir solo en el lugar que alquilo y nadie se enteraría. Por eso descargué la aplicación y configuré a mi madre como mi contacto de emergencia».
Este temor a la desaparición administrativa nos devuelve a la figura de On Kawara. Décadas antes de que nuestras aplicaciones registraran cada uno de nuestros movimientos, Kawara ya operaba como un recolector de datos humano. Su obra es una certificación de su presencia a través de la rutina. En su serie I Got Up (1968-1979), enviaba dos postales diarias registrando la hora exacta en la que abandonaba el sueño para volver al mundo; en I Met, creaba listas exhaustivas con los nombres de cada persona con la que había interactuado aquel día.
Es la frecuencia, amiga
En el entorno digital actual, el silencio no es una opción estética, sino un suicidio profesional y social. Plataformas como LinkedIn, Instagram o YouTube no solo alojan contenido, sino que imponen un ritmo de producción que los investigadores han empezado a llamar «el mandato de la frecuencia».
Los algoritmos de recomendación interpretan la regularidad como una señal de calidad y compromiso. Si un usuario interrumpe su cadencia de publicación, el sistema lo «castiga» reduciendo su alcance orgánico. El resultado es una sensación de vigilancia constante, donde el usuario siente que debe alimentar a la máquina para no desaparecer del mapa social, generando así un fenómeno que se ha denominado como ansiedad algorítmica, estudiado por investigadoras como Kelley Cotter, quien ha publicado estudios fundamentales sobre cómo los usuarios perciben y reaccionan ante los algoritmos de las redes sociales.
Ya no publicamos porque tengamos algo que decir, sino porque el sistema requiere una «prueba de vida» digital. Esta presión genera un fenómeno de contenido redundante. Publicamos por la pura inercia de la visibilidad, convirtiendo la comunicación en un trámite administrativo para mantener activo nuestro perfil.
Esta obligación de presencia continua erosiona la salud mental. De la misma forma que aplicaciones como Si-le-ma nos incitan a confirmar que estamos vivos físicamente, las redes sociales nos obligan a confirmar que estamos vivos productivamente. Estamos atrapados en un panóptico digital donde el «policía» es una métrica de frecuencia.
¡Buenos días!
Yo no sé si mi cuñada nos envía esos memes por pura inercia, por esa extraña obligación digital de dar señales de vida, o simplemente porque se acuerda de nosotros. Quiero pensar que es por lo último, combinado con una especie de humor negro del Día de la Marmota. Al fin y al cabo, On Kawara hizo lo mismo durante décadas, enviando una señal a sus amigos para decirles que, a pesar de todo, la luz seguía encendida.
Mañana, cuando vibre el móvil a las 7:00 con ese meme de ‘buenos días’, ya no me enfadaré ni lo veré como ruido digital, sino una señal de humo necesaria. Ese mensaje será el telegrama particular de mi cuñada diciéndome lo más importante que se puede decir hoy en día: que está bien, que se acuerda de nosotros y que, afortunadamente, sigue viva.
